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RELACIONES SEXUALES ENTRE INDIVIDUOS DEL MISMO SEXO EN PRIMATES NO HUMANOS RESPONDEN A PRESIONES ECOLÓGICAS Y SOCIALES 

Investigadores del Imperial College de Londres han analizado datos de 491 especies y encontrado evidencia de coito y otras prácticas sexuales entre individuos del mismo sexo en 59 de ellas.
Investigadores del Imperial College de Londres han analizado datos de 491 especies y encontrado evidencia de coito y otras prácticas sexuales entre individuos del mismo sexo en 59 de ellas.

Un estudio publicado recientemente en la revista Nature Ecology & Evolution revela que el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo es más común de lo que se pensaba en los primates no humanos y no responde a una explicación simple o directamente adaptativa, sino a una interacción multifactorial entre el entorno, la historia de vida y la complejidad social de estas especies.

Investigadores del Imperial College de Londres, liderados por Vincent Savolainen, analizaron datos compilados de 491 especies de primates no humanos. Encontraron evidencias documentadas de este tipo de interacciones en 59 especies, con recurrencia observada en 23 de ellas. Esto permitió examinar patrones en diversos contextos ecológicos y sociales.

Los resultados indican que estas conductas sexuales entre individuos del mismo sexo —que incluyen monta, contacto genital y otras formas de interacción— son más frecuentes en especies que habitan entornos desafiantes. En particular, se observan con mayor prevalencia en hábitats secos o duros con recursos alimenticios limitados, como ocurre con los macacos de Berbería, o en zonas de alto riesgo de depredación, como en el caso de los cercopitecos verdes.

Otros factores asociados incluyen el tamaño corporal reducido, el dimorfismo sexual marcado (diferencias notables de tamaño o apariencia entre machos y hembras, como en los gorilas de montaña), una mayor longevidad (por ejemplo, en chimpancés) y la presencia de sistemas sociales complejos con jerarquías estrictas, como en los babuinos.

Lejos de ser un fenómeno marginal o accidental, los autores sugieren que estas interacciones cumplen funciones sociales adaptativas en contextos específicos. Ayudan a formalizar alianzas, reducir tensiones dentro del grupo y fortalecer los lazos sociales, actuando como una estrategia flexible para gestionar conflictos y mejorar la cohesión grupal. Modelos estadísticos avanzados, como regresiones filogenéticas y modelado de ecuaciones estructurales, muestran que los factores ambientales y de historia de vida influyen de manera indirecta, mientras que la complejidad social promueve directamente la ocurrencia de estas conductas.

Aunque estudios previos ya habían documentado este comportamiento en especies como bonobos, chimpancés y macacos —e incluso se ha sugerido un componente hereditario en algunos casos—, este trabajo representa la revisión más amplia hasta la fecha y enfatiza el rol del contexto ecológico y social en su evolución.

Los investigadores especulan que presiones similares podrían haber operado en los homínidos ancestrales, dada la similitud de factores ambientales y sociales. Sin embargo, advierten explícitamente contra extrapolaciones directas a los humanos modernos.

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