Dormir es una necesidad biológica tan antigua que trasciende la presencia de un sistema nervioso. Un estudio pionero liderado por investigadores del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra (UPF), ha demostrado por primera vez que los corales –organismos sin neuronas ni cerebro– exhiben un patrón de descanso nocturno similar al de muchos animales, incluido el ser humano.
La investigación, publicada recientemente y realizada in situ en los arrecifes de la isla de Curazao (Mar Caribe), se centró en el coral cerebro (Pseudodiploria strigosa) y su simbionte algal, el género Breviolum. Estos microorganismos fotosintéticos viven dentro de las células del coral y le proporcionan nutrientes esenciales durante el día, a cambio de protección y compuestos inorgánicos. Sin embargo, este intercambio mutualista tiene un coste: la fotosíntesis genera compuestos reactivos de oxígeno que provocan estrés oxidativo y daños en el ADN del huésped.
Para estudiar este fenómeno, el equipo –dirigido por Javier del Campo, investigador principal del IBE y también asociado a la Universidad de Miami– realizó inmersiones cada seis horas durante tres días consecutivos a unos cinco metros de profundidad. Analizaron la expresión génica tanto del coral como de sus simbiontes en diferentes momentos del ciclo día-noche.
Los resultados revelaron un ritmo circadiano claro: el coral P. strigosa “duerme” aproximadamente un tercio del día –alrededor de ocho horas, similar a los humanos–, principalmente durante la noche. En este periodo activa mecanismos de reparación del ADN y de los tejidos dañados por la actividad diurna de los simbiontes. Mientras tanto, el microbioma (incluidas las algas Breviolum) permanece activo y estable, aunque reduce la fotosíntesis y mantiene otras funciones celulares sin requerir un descanso prolongado.
“Por la noche, los corales reparan el ADN dañado por sus simbiontes”, explica del Campo. “Este descanso minimiza los efectos tóxicos acumulados y protege la relación simbiótica a largo plazo. Sin este mecanismo, la simbiosis podría volverse perjudicial en lugar de beneficiosa”.
El hallazgo sugiere que el sueño –entendido como un periodo de reposo metabólico y reparador regulado por ritmos circadianos– es un rasgo evolutivo mucho más ancestral de lo que se creía. Podría haber surgido hace miles de millones de años para mantener el equilibrio en las primeras relaciones huésped-microbio, mucho antes de la aparición de sistemas nerviosos complejos.
“Es posible que estos microorganismos quedaran atrapados dentro de las células del coral en la antigüedad, dando lugar a una asociación mutuamente beneficiosa”, añade del Campo. “Pero estas relaciones no son intencionales: se mantienen gracias a compromisos como el descanso nocturno del huésped”.
Bradley Allen Weiler, primer autor del estudio y exinvestigador predoctoral en el grupo de del Campo, destaca la relevancia del trabajo: “P. strigosa duerme un tercio del día, y el ciclo día-noche regula su ritmo biológico circadiano. Esto demuestra que todos los seres vivos necesitan repararse de alguna forma, y establecer un ritmo interno ha sido una estrategia evolutiva exitosa desde hace muchísimo tiempo”.
Las implicaciones van más allá de la biología evolutiva. Comprender mejor la fisiología diaria de los corales –considerados los “arquitectos” de los ecosistemas marinos– puede orientar estrategias de restauración de arrecifes. En un contexto de cambio climático que amenaza estos hábitats, conocer cómo los ritmos circadianos influyen en la resiliencia de los corales y su respuesta al estrés podría mejorar los programas de cultivo ex situ y reintroducción.
