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LA GRASA BEIGE: EL ESLABÓN PERDIDO ENTRE LA OBESIDAD Y LA HIPERTENSIÓN

Identifican una enzima que, ante la ausencia de grasa beige, desencadena la rigidez de las arterias.
Identifican una enzima que, ante la ausencia de grasa beige, desencadena la rigidez de las arterias.

La relación entre la obesidad y la hipertensión arterial es un hecho bien establecido en la medicina desde hace décadas. Sin embargo, los mecanismos biológicos precisos que explican por qué el exceso de grasa corporal eleva la presión arterial han permanecido en gran medida como un enigma. Un estudio reciente publicado en la revista Science ha identificado un actor clave en esta conexión: la grasa beige perivascular, un tipo especial de tejido adiposo que rodea directamente los vasos sanguíneos.

Este tejido, distinto de la grasa blanca común (que almacena energía) y más parecido a la grasa marrón (que quema calorías para generar calor), no solo contribuye al gasto energético, sino que también funciona como un regulador químico protector de las arterias. Según los investigadores, la grasa beige actúa como un guardián que mantiene la flexibilidad vascular y reduce la sensibilidad de los vasos a hormonas vasoconstrictoras, como la angiotensina II.

“Sabemos desde hace mucho tiempo que la obesidad aumenta el riesgo cardiovascular, pero ahora entendemos que no es solo la cantidad de grasa, sino el tipo específico de grasa y su ubicación lo que determina cómo afecta a la vasculatura”, explica Paul Cohen, director del Laboratorio de Metabolismo Molecular en la Universidad Rockefeller (Estados Unidos) y autor principal del trabajo.

El estudio revela que, en condiciones normales, la grasa beige suprime la producción de una enzima llamada QSOX1. Esta enzima, cuando se libera en exceso, desencadena un programa genético de fibrosis en las paredes arteriales: se acumula tejido colágeno rígido, las arterias pierden elasticidad y se vuelven más propensas a la constricción. Además, la ausencia o pérdida de identidad “beige” en el tejido adiposo perivascular hace que los vasos sanguíneos respondan de forma exagerada a la angiotensina II, una de las principales hormonas que elevan la presión arterial.

Para establecer esta relación causal, el equipo empleó un enfoque de “traducción inversa” que combinó observaciones clínicas humanas con experimentación en modelos animales. En primer lugar, análisis de datos de pacientes mostraron que aquellos con mayor presencia de grasa termogénica (incluida la beige) tendían a presentar menores niveles de hipertensión. Luego, en el laboratorio, crearon ratones genéticamente modificados que carecían del gen PRDM16 específicamente en sus adipocitos. Este gen es esencial para mantener la identidad beige del tejido adiposo. Los animales resultantes eran sanos en otros aspectos —no desarrollaban obesidad ni inflamación sistémica—, pero perdían rápidamente la grasa beige perivascular y, como consecuencia directa, desarrollaban hipertensión arterial de forma inmediata, junto con remodelación fibrosa de los vasos y mayor reactividad vascular.

El paso decisivo vino al cruzar estos ratones con otros que también carecían de la enzima QSOX1. Al eliminar esta molécula, los científicos lograron prevenir la fibrosis vascular, normalizar la reactividad de los vasos y reducir significativamente la presión arterial, confirmando que QSOX1 es el mediador principal del daño causado por la pérdida de grasa beige.

“Este hallazgo explica por qué no todas las personas con obesidad desarrollan hipertensión: depende en gran medida de si conservan o no esta grasa protectora alrededor de los vasos”, señala Cohen. “Además, al identificar a QSOX1 como un eslabón clave, abrimos la puerta a posibles terapias dirigidas que podrían modular esta vía en pacientes con perfiles moleculares específicos”.

Los autores destacan que estos resultados, validados tanto en modelos murinos como en datos genéticos humanos (donde variantes en PRDM16 se asocian con mayor presión arterial), representan un avance hacia la medicina de precisión en el tratamiento de la hipertensión asociada a la obesidad. En lugar de enfoques generales, futuros fármacos podrían apuntar directamente a restaurar la función de la grasa beige o inhibir selectivamente QSOX1, ofreciendo opciones más efectivas y personalizadas para millones de personas en riesgo cardiovascular.

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