En la aviación comercial actual, el pasajero se ha convertido en el verdadero “dueño” de su ubicación a bordo. Mediante un pago adicional, cualquiera puede seleccionar un asiento cercano a las salidas de emergencia, con más espacio para las piernas o en las filas preferentes cerca de la cabina. Sin embargo, esta lógica puramente comercial podría estar entrando en conflicto directo con uno de los pilares de la seguridad aérea: la evacuación rápida en caso de emergencia.
Un nuevo estudio internacional publicado en la revista AIP Advances concluye que la libertad total para elegir asiento debería subordinarse a una distribución estratégica de los pasajeros según su edad y movilidad, con el fin de garantizar una evacuación eficiente. Los investigadores simularon 27 escenarios de emergencia en un Airbus A320 —el modelo de pasillo único más utilizado en el mundo— ante un incendio crítico en ambos motores. Los resultados son claros: el tiempo de evacuación depende menos del número de salidas abiertas y mucho más de cómo se distribuyen los pasajeros mayores de 60 años por la cabina. Cuanto más concentrados estén en una zona, más se ralentiza el flujo de todo el pasaje.
ENTRE EL CONFORT PAGADO Y LA NORMA DE LOS 90 SEGUNDOS
La Administración Federal de Aviación (FAA) de Estados Unidos, junto con agencias equivalentes como la EASA europea, exige que cualquier aeronave certificada pueda ser evacuada completamente en 90 segundos o menos, incluso con la mitad de las salidas bloqueadas. Este estándar, vigente desde hace décadas, se basa en pruebas realizadas con perfiles de pasajeros más jóvenes y ágiles que los actuales.
El estudio demuestra que, con una población mundial cada vez más envejecida y un aumento notable de seniors que viajan, este objetivo se vuelve extremadamente difícil de alcanzar sin intervenir en la disposición de los asientos. En la mejor de las simulaciones —con una distribución estrictamente uniforme de los pasajeros sénior en una configuración de 152 asientos y solo un 20% de mayores—, el tiempo de evacuación fue de 141 segundos, muy por encima del límite legal. En escenarios con mayor proporción de ancianos o con agrupamientos en zonas específicas, los tiempos se alargaron aún más y se produjeron cuellos de botella desiguales en las salidas.
“Aunque un incendio en ambos motores es estadísticamente raro, eventos de baja probabilidad, pero alto impacto como el ‘Milagro en el Hudson’ nos obligan a buscar los estándares de seguridad más altos”, afirma Chenyang Zhang, investigador de la Universidad de Calgary (Canadá) y coautor del trabajo. “Nuestros hallazgos sugieren que las aerolíneas podrían mitigar riesgos de forma proactiva mediante una distribución estratégica del pasaje”.
NO SOLO ES CUESTIÓN DE MOVILIDAD FÍSICA
El problema no se limita a la agilidad o la velocidad al caminar. Las simulaciones, realizadas con el software estándar de la industria Pathfinder, incorporaron datos sobre el declive cognitivo asociado a la edad: bajo estrés extremo, los pasajeros mayores pueden tardar más en procesar instrucciones de la tripulación, reaccionar a las alarmas o decidir la mejor ruta. Esto genera un efecto dominó que bloquea los pasillos para el resto de los ocupantes.
Los investigadores modelaron tres ratios de pasajeros (jóvenes vs. mayores de 60), tres patrones de distribución espacial (uniforme, concentrada en el medio o aleatoria) y diferentes layouts de cabina. En todos los casos, la proporción y ubicación de los seniors tuvo el mayor impacto en los tiempos totales.
PROPUESTAS: ¿ADIÓS A LA ELECCIÓN LIBRE DE ASIENTO?
El equipo, que incluye investigadores de la Universidad de Sídney y otras instituciones, plantea un dilema ético y comercial para las aerolíneas: ¿deberían los sistemas de reserva limitar la acumulación de perfiles de movilidad reducida en determinadas filas para evitar embotellamientos mortales? Esto rompería con la actual libertad total de elección, que genera ingresos extras mediante asientos premium.
Además de la redistribución física, proponen protocolos de seguridad personalizados: si la aerolínea conoce de antemano la ubicación de pasajeros vulnerables, podría ofrecer sesiones informativas previas al despegue o asignar asistencia específica de la tripulación.
El trabajo no se detiene en los mayores. Los científicos planean ampliar las simulaciones a niños, lactantes y mujeres embarazadas, colectivos con dinámicas de movimiento propias que, en conjunto, obligarán a la industria a repensar si el asiento donde viajamos debe seguir siendo una decisión puramente económica o convertirse en una medida de protección colectiva.






