Un nuevo trabajo internacional revela que los niños de familias privilegiadas muestran un mayor esfuerzo cognitivo en tareas escolares cuando la motivación es puramente intrínseca, sin recompensas externas. Sin embargo, esta brecha socioeconómica se reduce de forma significativa —e incluso desaparece— cuando se introducen pequeños incentivos, como juguetes, reconocimiento social o elementos de gamificación.
La investigación, liderada por la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) en colaboración con el Centro de Investigación en Ciencias Sociales de Berlín (WZB), ha sido publicada en la prestigiosa revista American Sociological Review. Sus resultados aportan por primera vez evidencias empíricas sólidas sobre cómo el entorno familiar influye en la disposición al esfuerzo de los escolares.
DIFERENCIAS MODERADAS QUE SE PUEDEN COMPENSAR
Según los datos, los escolares de entornos socioeconómicos favorecidos se esfuerzan más en condiciones de motivación interna. No obstante, la diferencia con sus compañeros de familias desfavorecidas no es muy amplia y se compensa fácilmente con incentivos externos. Cuando se ofrecen pequeños premios o reconocimiento, los niños de menos recursos trabajan con un nivel de implicación prácticamente idéntico al de sus compañeros más aventajados.
“Las recompensas, el aprendizaje lúdico y el reconocimiento social pueden contribuir a reducir las diferencias en el nivel de esfuerzo entre niñas y niños de distintas clases sociales”, explica el autor principal del estudio, Jonas Radl, profesor titular de Sociología en la UC3M y profesor visitante de investigación en el WZB. Radl añade que “puede resultar beneficioso pensar en usar más la llamada gamificación, es decir, preparar contenidos de aprendizaje de una forma lúdica para así utilizar el instinto de jugador que está dentro de la mayoría de los seres humanos”.
Los autores subrayan que estas diferencias no se explican por rasgos de personalidad ni por el nivel de inteligencia de los niños. En cambio, apuntan al entorno social: los recursos familiares (económicos y de tiempo de atención parental) y la sensación de seguridad cotidiana condicionan la capacidad de concentración sostenida. Crecer con carencias dificulta mantener el foco en una tarea sin recompensa inmediata.
UN EXPERIMENTO A GRAN ESCALA EN DOS CIUDADES
El estudio se basó en un experimento realizado con 1.360 alumnos y alumnas de quinto curso de primaria (unos 10-11 años) de Madrid y Berlín. Participaron 60 clases de 32 centros escolares. Los niños resolvieron tareas cognitivas sencillas diseñadas para medir concentración, atención y autocontrol bajo tres condiciones diferentes:
-Sin ninguna recompensa (motivación puramente intrínseca).
-Con pequeños obsequios materiales.
-En situación de competición con reconocimiento simbólico adicional.
Los resultados confirman que los incentivos igualan el esfuerzo independientemente del origen social.
IMPLICACIONES POLÍTICAS: HACIA UNA EDUCACIÓN MÁS EQUITATIVA
“No queremos reforzar la narrativa de la meritocracia, que sugiere que lo único que hace falta es que todo el mundo se esfuerce. De hecho, este estudio demuestra que una razón por la que los niños menos aventajados no se esfuerzan tanto es la falta de recursos con los que crecen”, advierte Jonas Radl.
Sus conclusiones sugieren medidas concretas para mitigar la influencia del origen social en el aula: valorar y premiar no solo el rendimiento académico final, sino también los progresos individuales, el esfuerzo y los avances personales. De este modo, se podrían hacer las oportunidades educativas más igualitarias.






