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CONSTRUIR UN LECTOR

En una era repleta de imágenes distractivas en la que la velocidad a la que todo sucede parece engullirse a las personas, el libro sigue allí, firme. Algunas ideas sobre cómo y por qué nos enriquece.
En una era repleta de imágenes distractivas en la que la velocidad a la que todo sucede parece engullirse a las personas, el libro sigue allí, firme. Algunas ideas sobre cómo y por qué nos enriquece.

Buscar una felicidad, un goce personal. Esa es, según Borges, la única forma de leer, la que encuentra placer en las páginas que recorre, la que consigue extraer de allí algo que incorpora a su vida, no necesariamente un saber, sino una evocación que despierte emociones o conexiones internas. El gran escritor argentino –probablemente la primera persona que cualquiera mencione cuando se piensa en un hombre de letras– solía decir que se enorgullecía más por sus lecturas que por su producción literaria.

El nacimiento de un lector es difícil de precisar. El acto de decodificar lo que esos símbolos llamados letras esconden es apenas el paso inicial. Es la aparición del deseo, esa necesidad de ocupar el tiempo, de buscar refugio, información o contención en la lectura lo que determina con mayor contundencia la conformación de un lector. Por otra parte, ese lector es una entidad que jamás estará completa, como la persona que se define de ese modo: el interés, la llama encendida, implican una construcción constante, un movimiento continuo.

Si hablamos de despertar el deseo lector en alguien, hay que prestar especial atención a que es más probable que se sostenga en el tiempo si realmente hay allí una atracción. Eso no significa que aparece por generación espontánea, sino que para que exista el deseo de acceder a un mundo, ese mundo antes tiene que ser presentado. Yael Frankel es escritora e ilustradora, y una de las autoras de libros dirigidos fundamentalmente al público infantil más destacadas del continente. Señala el momento en el que considera que se convirtió en lectora: “En el pasaje de la adolescencia a la adultez, uno de mis primeros trabajos fue cuidar a una nena chiquita en una casa donde eran muy lectores. Mis viejos tenían una biblioteca, pero no me transmitían particularmente ese amor por la literatura. En esta casa, los padres se ocuparon de recomendarme cosas que a ellos les gustaban. Como la nena dormía muchas horas la siesta, y ellos se ocupaban de que yo estuviera entretenida, me proponían lecturas. Uno de los primeros libros que me dieron fue El barón rampante, de la trilogía de Ítalo Calvino. Eran padres muy ocupados en construir lectores, en este caso a su hija, pero también se ocuparon de mí”.

(Foto: IStock).

Aunque no lo tenga como una meta para alcanzar, en cada nuevo proyecto literario Frankel pone a disposición un libro que seguramente servirá de iniciación a un pequeño lector, que será el primer paso de, quizás, muchos otros que configurarán la relación de esa persona con las letras. En su casa también creó lectores, sin machacar, solo expresando el placer que siente en la lectura. “Pasar los ojos por letras y que eso me haga sentir tantas cosas me parece impresionante. Es algo único. Estar sumergida por un rato en ese mundo que te propone un libro es fascinante. Enseguida me ocupo de hacérselo saber a la gente que está conmigo. Me gusta mucho contagiar ese entusiasmo y me da orgullo cuando veo que mis hijos lo adquirieron”, analiza.

Jacobo Zanella hoy es editor y lleva adelante la editorial Gris Tormenta, especializada en ensayo literario y memoria. Sin embargo, no fue hasta su adultez cuando se convirtió en lector, y en uno voraz, a raíz de una mudanza desde la Ciudad de México a Querétaro, una localidad mucho más pequeña. Fue en esa soledad, en esos tiempos que dejaron de estar ocupados por una intensa vida social, donde se coló la lectura como una compañera fiel, casi una guía: “Lo que antes encontraba en reuniones y fiestas, en la vida urbana de la ciudad, lo empecé a encontrar en los libros. Me hice más consciente de mí mismo, mucho más crítico. Me di cuenta de quién soy, como si los libros empezaran a funcionar como espejos, como si en ellos fuera encontrando pistas que me lo revelaran”, comparte.

La definición de uno mismo como lector no siempre resulta sencilla. A veces opera, a la hora de asumir o no esa etiqueta, el pudor de no estar a la altura. Cierto halo academicista sobrevuela el asunto y espanta a algunos. Pero un lector se construye a partir del primer ladrillo, sin importar cuál sea ni de dónde provenga su motivación. Sin ir más lejos, Sebastián Lidijover, trabajador de prensa y marketing editorial, divulgador de la lectura a través de redes sociales, clubes y newsletters, llegó a la literatura a través de una adaptación cinematográfica: “Llegué a El nombre de la rosa, de Umberto Eco, por la película, y después me hice fan. A mí no me gusta cuando la conversación se vuelve esa cosa esnob o elitista de que hay buena y mala literatura. Más vale que hay libros mal escritos, pero lo que hay son libros que son buenos para uno y libros que son malos para uno. Y uno va creciendo y cambiando en cuanto a gustos. Que cada uno haga el recorrido que quiera, el problema es no ver la riqueza que hay”, reflexiona.

Una vez establecido que un lector se construye de diferentes maneras, Lidijover arriesga una analogía respecto a por qué sería deseable la existencia de lectores, por qué embarcarse en una tarea que requiere tiempo y esfuerzo: “Leer es como estar vacunado. Es inyectarse en el cuerpo e introducir pequeños fragmentos del mundo. De lo peor del mundo y de lo mejor, el dolor y las cosas lindas. Asimilás todas esas cosas y después, cuando te sucede algo, quizás estás un poco más preparado o tenés otras herramientas para procesarlo. Si una sociedad se vacuna, es saludable para el conjunto. Lo mismo pasa con una sociedad que lee: tiene el cuerpo y la cabeza preparados para afrontar situaciones de una manera distinta que si nunca hubieran tocado un libro”.

Durante siglos, el libro enfrentó una serie prácticamente interminable de tecnologías y atracciones que llegaron para disputarle el tiempo de ocio y esparcimiento de las personas, formatos de lo más variados que acercaron historias y universos, muchas veces con adaptaciones de lo que primero fue presentado precisamente en un libro. Con cambios, sofocones y mutaciones en las formas narrativas, la letra escrita perdura pese a todo. En una era audiovisual y digital, de consumo fragmentado y veloz, en la que la cantidad y la acumulación dificultan la pausa que un libro implica, leer puede ser un acto revolucionario, ya que el entorno nos genera una distracción permanente que antes no existía.

(Foto: IStock).

“Estamos rodeados de un montón de dispositivos y experiencias diseñados para secuestrar nuestra atención. La mente humana se distrae por naturaleza, y eso explica algunas cuestiones interesantes respecto de la creatividad. Cuando la mente está funcionando en stand by es cuando empezamos a unir y a tener mejores ideas. Por eso no hacer nada o aburrirse puede ser profundamente creativo. Ahora, cuando contamos con tantas cosas a nuestro alrededor que hacen tan fácil distraernos, es muy grande el esfuerzo que nos toma concentrarnos. Sentarse a leer un libro no implica el mismo esfuerzo que implicaba cuando teníamos diez años”, piensa Valentín Muro, autor desde hace casi una década del newsletter Cómo funcionan las cosas (donde cruza historia, ciencia, literatura y filosofía). Y agrega: “Lo que leemos transcurre en nuestra mente, las imágenes literarias en muchos casos pueden ser mucho más potentes que una imagen que vemos en la pantalla. Principalmente, porque estamos haciendo mucho trabajo. Cuando vemos un video o escuchamos algo, parte del trabajo ya fue realizado por otros, por artistas, productores de efectos especiales o lo que sea. Cuando nosotros hacemos una imagen a partir de una descripción, le podemos dar tanto detalle como queramos o como logre realizar nuestra mente. Eso también hace que la lectura requiera un compromiso”.

Yael Frankel coincide en que leer implica la ruptura de una inercia, una puesta en movimiento que hay que sostener, un umbral por cruzar hasta alcanzar la zona de flotación que permita navegar: “Tenés que tener muchas ganas y estar muy dispuesto a leer para ganarles a las distracciones, porque están muy a mano, porque son muy inmediatas y casi no requieren esfuerzo intelectual. Mirar pavadas en las redes no tiene que ver con lo que te pasa cuando estás leyendo un libro, donde sí necesitás de la concentración y el esfuerzo intelectual para dejar que el libro te lleve. Siento que esta época y este modo nos atontan mucho. No es fácil ganar, pero vale la pena intentarlo”.

Aunque comparte el diagnóstico, Jacobo Zanella no se siente preocupado, ya que vislumbra la salida del túnel: “Todos los fenómenos culturales o históricos siempre vienen acompañados de su opuesto. Esta cultura de la inmediatez y de la gratificación inmediata vendrá acompañada de un hartazgo al que quizá no hemos llegado, pero al que seguro cada persona llegará en su momento. Son puntos a los que se llega personalmente con distintos calendarios. Alguien puede hacerlo en un año, alguien en cinco años, alguien en diez, pero sí creo que los libros se ofrecen como un contrapeso a lo que podría ser un hartazgo. Creo que la gratificación instantánea, su promesa, no es posible que nos siga cautivando por mucho tiempo, a largo plazo”, opina.

Antes, durante y después, allí estarán los libros, para dar cobijo o sacudir, para calmar o despertar, para distender o tensar. Siempre para construirnos.

 

SE PUBLICA MÁS, ¿SE LEE MENOS?

De acuerdo con el más reciente Informe de Producción del Libro Argentino, elaborado por la Cámara Argentina del Libro, durante 2024 (último año completo relevado) la cantidad de ejemplares impresos totales subió casi un 10 por ciento respecto de 2023 (fueron casi 48 millones); sin embargo, las ventas en librerías e Internet decayeron un 7 por ciento. Aunque existen razones económicas para esta baja, la realidad indica que se trata de una tendencia global, ya que en los últimos veinte años la lectura recreativa cayó significativamente.

La Argentina se sostiene como uno de los países más lectores de la región, con un promedio de 5,4 libros por persona por año, según el ranking del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe de CERLAC. Este relevamiento coincide con la Encuesta Nacional de Consumos Culturales de 2022 en señalar a los jóvenes que cursan estudios secundarios y universitarios como la franja más lectora.

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