Un estudio de la Universidad de Gotemburgo (Suecia) publicado en Nature Communications derriba el mito de que la leche materna humana es la más sofisticada entre los mamíferos. La leche de las focas grises del Atlántico Norte contiene 332 oligosacáridos distintos, frente a los 250 de la leche humana, y muchos de ellos nunca habían sido descritos antes.
Durante décadas, los científicos consideraban la leche materna humana como la “joya de la corona” de la evolución mamífera por su elevada diversidad de oligosacáridos (azúcares complejos) que alimentan la microbiota intestinal del bebé, protegen contra patógenos y modulan el sistema inmunitario. Sin embargo, un equipo liderado por Daniel Bojar, investigador de la Universidad de Gotemburgo, ha demostrado que la leche de la foca gris (Halichoerus grypus) del Atlántico Norte supera con creces esa complejidad.
“Identificamos 332 oligosacáridos diferentes, un 33% más que en la leche humana, y dos tercios de ellos eran completamente desconocidos”, explica Bojar, primer autor del trabajo. Algunos de estos azúcares alcanzan las 28 unidades de longitud, muy por encima de las 18 unidades máximas registradas hasta ahora en cualquier leche de mamífero, incluida la humana.
Las focas grises tienen uno de los periodos de lactancia más cortos e intensos del reino animal: solo 17 días. En ese tiempo, las crías duplican o triplican su peso y desarrollan un sistema inmunitario capaz de resistir el frío extremo, los patógenos marinos y los contaminantes del Atlántico Norte. Esa presión evolutiva parece haber seleccionado una leche excepcionalmente rica y dinámica.
Los investigadores recogieron muestras de leche de cinco focas grises salvajes en la costa de Escocia a lo largo de todo el periodo de lactancia. Usando espectrometría de masas de alta resolución y modelos de inteligencia artificial, caracterizaron estructuralmente 240 oligosacáridos y detectaron un total de 332.
Al igual que ocurre en los humanos, la composición de la leche de foca cambia de forma coordinada día a día, adaptándose a las necesidades cambiantes de la cría: primero prioriza el crecimiento rápido y la termorregulación; después, refuerza la barrera intestinal y la respuesta inmune.
Los oligosacáridos no son digeridos por el bebé (ni por la cría de foca), sino que actúan como prebióticos selectivos y como “señuelos” que impiden que virus y bacterias se adhieran a las células del intestino.
“Ya hemos comprobado en células inmunitarias humanas que algunos de estos nuevos azúcares regulan la respuesta inflamatoria y podrían bloquear la entrada de patógenos”, señala Bojar. Los autores creen que añadir estos compuestos a las leches de fórmula actuales podría acercarlas mucho más al “estándar oro” de la leche materna, especialmente en la protección contra infecciones y en el desarrollo del microbioma.
Pero las aplicaciones van más allá de la nutrición infantil. “Estos azúcares también podrían usarse en adultos para reforzar la salud gastrointestinal o modular el sistema inmunitario en situaciones de estrés”, apuntan los investigadores.
El trabajo forma parte de un proyecto más amplio: el equipo ya ha analizado la leche de diez mamíferos diferentes y en cada caso ha encontrado oligosacáridos únicos. “Tenemos en el congelador muestras de otros 20 mamíferos. Cada especie parece tener su propia ‘firma’ de azúcares”, adelanta Bojar.





