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HAY UN JARDÍN FLOTANDO EN MI CIUDAD

Los jardines, parques y edificios emplazados sobre cursos de agua integran la naturaleza a las urbes, remedian ríos contaminados y son neutros en carbono.

El cambio climático avanza a paso firme y no parece haber otra opción que adaptarnos a las transformaciones que propone. Las ciudades, no importa su tamaño, también deben acompañar estos cambios para mitigar efectos tales como inundaciones y temperaturas extremas.

Es así como en las últimas décadas surgió en el mundo una línea de planeamiento urbano que propone soluciones basadas en la naturaleza, aprovechando los servicios ecosistémicos que aportan el agua, la vegetación y la fauna. Esta corriente busca integrar la naturaleza a la ciudad. 

“Las ciudades son estructuras muy rígidas, grises. Esa misma rigidez limita su capacidad de adaptarse a cambios tan extremos. Por ejemplo, una red pluvial como la que tenemos en Buenos Aires para desaguar el arroyo Maldonado en el Río de la Plata no está pensada para las condiciones que se vienen. Hay un montón de otras soluciones que ya están incorporando las ciudades del mundo, incluso en la Argentina, para poder tener una relación más integral”, reflexionó en diálogo con Convivimos María José Leveratto, especialista en arquitectura y sustentabilidad.

Ríos urbanos

En Chicago, la organización sin fines de lucro Urban Rivers diseñó Wild Mile, una plataforma anclada al fondo del río y a una escollera que puede moverse si cambia el nivel del agua, permitiéndole soportar grandes inundaciones. Contiene paseos marítimos accesibles para personas con discapacidad y está abierta al público día y noche, sin descanso. Se utiliza para recreación, educación, investigación, reuniones comunitarias y más.

Inspirado en las chinampas, un sistema artificial de cultivo de los antiguos habitantes de México para áreas donde el agua es el principal recurso, el hábitat de Wild Mile imita el ecosistema de un humedal propio de la zona antes de que se desarrollara la ciudad. Los jardines permiten que las raíces de las plantas lleguen directamente al río, alojando a peces jóvenes y otros animales. 

El parque tiene su base en pontones fabricados con materiales que respetan el ambiente. La instalación se hizo por módulos. Hoy tiene 200 metros y la idea es que llegue a 1,6 kilómetros de largo en una década, dependiendo de que se concreten las diferentes etapas de financiamiento.

Además de los módulos, hay partes sumergidas que imitan el fondo natural de un río donde la organización lleva a cabo proyectos de restauración de mejillones de agua dulce en peligro de extinción, que desempeñan un papel crucial en el ecosistema local y filtran elementos contaminantes de hasta 38 litros de agua por día. 

Urban Rivers asegura que el diseño de Wild Mile es aplicable a ciudades de todo el mundo. De hecho, tiene otros humedales flotantes en el mismo río, en Bubbly Creek y River Park, que complementan la restauración del hábitat nativo que se realizó a lo largo de la costa.

Flexibles y modulares

Como es de esperar, en los Países Bajos están especialmente preocupados por el aumento del nivel del mar, lo que les da la ventaja de encontrarse a la vanguardia en estos nuevos proyectos. Uno de ellos es el edificio del Global Center of Adaptation en Rotterdam, donde funciona un centro de investigación y de colaboración en temas ambientales. Este edificio, inaugurado en 2021 en el Rijnhaven sobre la costa sur del río Maas, está sostenido sobre una plataforma flotante de hormigón de 90 metros de largo sujeta a grandes postes de amarre que ayudan a estabilizarlo. Se accede por una rampa que sube o baja según el nivel del agua. Todas las conexiones, como los servicios de agua, por ejemplo, también son flexibles para poder soportar este cambio de nivel.

Al igual que en otros proyectos similares, se trata de un edificio “cero neto”, es decir que tiende a las emisiones netas de carbono al producir más energía de la que consume. Para esto, cuenta con paneles fotovoltaicos en el techo de su cara sur, un sistema de recuperación de agua de lluvia y un techo verde sobre su cara norte. También tiene un sistema de intercambio de calor que utiliza el agua del río como fuente de calefacción y refrigeración. Además, está hecho en madera, el material considerado más sustentable para la construcción por su fijación del dióxido de carbono. 

Los proyectos de estas características suelen ser participativos, llevados adelante por gobiernos municipales, alentados por grupos comunitarios y organizaciones sin fines de lucro, con la colaboración de vecinos para su diseño, planificación y mantenimiento.

También se destacan por su flexibilidad y la modulación: las partes se ensamblan y pueden desarmarse y ser transportadas a otro lado. Son sistemas en seco, no requieren obra, no generan residuos y no necesitan nuevos materiales porque reutilizan los que ya tenían.

Acá también

En la misma línea de planeamiento, hay iniciativas, más modestas, en la Argentina. La ciudad de Buenos Aires instaló en el Barrio 20, en Villa Lugano, jardines de lluvia, además de arbolado y plantas trepadoras para dar sombra. Se llama jardín de lluvia o sistema urbano de drenaje sostenible (SUDS) a una zona de vegetación cuyo lecho permite filtrar y retener el agua ralentizando su llegada a la red. El Municipio de San Martín también construyó canteros con estas características en la calle Francia, cerca de la universidad, al igual que la ciudad de Santa Fe y otras urbes del país.

“Además, estos jardines tienen en general menor costo que seguir con la infraestructura gris, porque dan empleo, porque los puede hacer una cooperativa o una persona sin tanta tecnología. Y el mantenimiento, lo mismo”, consideró Leveratto.

“Por supuesto que todo esto debe estar adaptado a las condiciones de cada lugar. No tiene ningún sentido replicar, por ejemplo, el Wild Mile de Chicago en Buenos Aires, porque son condiciones bien diferentes, pero el concepto de pensar que los ríos urbanos pueden recuperarse y empezar a formar parte de la estructura de la ciudad es superinteresante”, cerró.

 

REMEDIAR, RECUPERAR

El río Meishe, en la ciudad de Haikou, China, estuvo contaminado durante décadas hasta que la municipalidad encargó a la empresa Turenscape su reconversión por medio de una infraestructura verde que incluye el tratamiento de aguas residuales. Contiene un parque principal y un corredor fluvial de 13 kilómetros donde se construyeron humedales. Se logró así reconectar caminos que antes estaban bloqueados, recuperar el hábitat, controlar las inundaciones, limpiar el agua y crear espacios recreativos. 

 

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