Su voz, la cadencia, el tono, la mirada cálida e intensa a la vez, conforman un combo dispuesto para la seducción. Es algo innato y entrenado, hay una conquista por delante. Es parte de su trabajo, que requiere atraer la atención, reclamar la mirada de un público. Toda conquista implica un riesgo, un margen de error, una exposición que podría no resultar del todo satisfactoria. Ese arrojo es parte de su ser, ávido desde chico por encontrarle los bordes a la vida e ir un poco más allá cada vez. La actuación podría significar un espacio de riesgo controlado, donde cuenta con las herramientas para avanzar sobre seguro, pero elige también allí tambalear, sacudirse, ponerse en duda. Es su forma de crecer.
Leonardo Sbaraglia se presenta por sí mismo: ya son cuarenta años de profesión, desde que en su adolescencia integró el elenco de La noche de los lápices, primero, y Clave de sol, después. El recorrido y lo hecho en ese camino lo erigieron como uno de los actores más relevantes del país, y hace rato explora con su arte también fronteras afuera.
- ¿Te genera algo esta cifra a la que llegás en la actuación?
Sí, cosas lindas. Primero, me pasa que la medida de lo que implicaban cuarenta años no la siento hoy igual que antes. Conforme tenés más años, te das cuenta de que la vida pasa muchísimo más rápido de lo que creías. Está esa famosa frase de “Veinte años no es nada”, y hoy pienso realmente que cuarenta años no es nada. Yo siento que hubiese sido ayer. Es una cosa para celebrar, para agradecer. Me va a agarrar haciendo cosas lindas.
Por estos días, cierra la breve temporada de Los días perfectos en el Teatro Nacional Cervantes. Un monólogo basado en dos libros del autor Jacobo Bergareche, que ya presentó el año pasado en España (su primera experiencia teatral en ese país). A la espera de la confirmación de una nueva temporada, probablemente a mediados de año, comienza 2026 lleno de proyectos por estrenar y de la continuidad de otros que le produjeron nuevas sensaciones.

- Tu profesión te sigue sorprendiendo, a pesar del tiempo que llevás en ella. Por ejemplo, acerca de tu trabajo en la serie Menem, dijiste que fue el que más te desafió….
Es lo que a mí más me gusta. En ese caso en particular hubo una partecita de mí que pensaba que no iba a poder, que cuestionaba para qué me había metido en eso. Pasa en la vida, también, hay situaciones en las que esas preguntas aparecen, lugares o personas que te desafían. Uno va tomando decisiones, y creo que las más desafiantes te generan, al principio, cierta incomodidad, que es un termómetro de que uno está evidentemente fuera de un lugar más controlado. Ese desafío, ese riesgo, siempre es lo que nos lleva a crecer: es una manera de luchar con uno mismo por cambiar algún tipo de mecanismo, incluso alguno que a uno no le gusta, o cambiar alguna situación que te estaba siempre llevando al mismo lugar, cuando ya querés ir a otro. La vida todo el tiempo te está proponiendo la oportunidad, y sobre todo una vida tan privilegiada como la que yo tengo, en la que vivo de algo que me gusta tanto. Es realmente un privilegio, dadas las condiciones en el mundo, hacer lo que uno desea. Dentro de eso, están las posibilidades de arriesgar, de desafiarse. Eso lleva siempre a un camino de más sabiduría, de más crecimiento.
- ¿Para vos la profesión va asociada a esa búsqueda del riesgo?
Ahora me pasa eso. Hay momentos en los cuales te dan más ganas de ir para un lado o para otro. No es que en cada trabajo que hago pienso irme a un lugar en particular. Hay trabajos que favorecen más esas condiciones y trabajos que no. Pero, en general, trato de apostar a cosas que me lleven a lugares nuevos. Aunque, a veces, es necesario hacer un poco la plancha.
“En general, trato de apostar a cosas que me lleven a lugares nuevos”.
- ¿Sentís que alguna vez ese riesgo salió mal?
Sí, te diría que la mitad de las veces. Quizás eso no se ve de afuera, porque, en algún sentido, el costo no es solamente profesional, sino personal. Siendo honestos, uno siempre tiene altibajos en la vida y, la mayoría de las veces, los mismos problemas y cuestiones que te dan ansiedad, angustia o alegría que al resto de la humanidad. Solo que, por las propias características de la profesión, estás expuesto y teniendo que hacer cosas a la vista del gran público. Uno se muestra de un modo en el que siempre parece que las cosas van bien, porque también de eso se trata cuando uno hace promoción. Trato de ponerle onda, porque aparte es lindo cada vez que presento una película, me haya gustado más o menos, porque siempre intento hacer el mejor trabajo posible. Depende de un montón de otras cosas, no solo de uno, pero lo importante para mí es irme y sentir que di todo lo que podía dar en ese momento y en esas circunstancias.

- Según tu propia vara, ¿cuál es un trabajo bien hecho? ¿Cuál es para vos una buena actuación?
Yo no soy muy objetivo en relación con esto. Me puedo quedar más o menos contento con un trabajo, y la vara –porque es parte de la dinámica– es la mirada que vos tenés de afuera. Las veces que mejor me ha ido es cuando he logrado entregar algo de mi propia vulnerabilidad, y eso tiene que ver con lugares de riesgo reales, donde hasta tuve la posibilidad de formar un buen equipo con el que me sentí cómodo y fluido, más seguro como actor. La relación con el director, esa complicidad que por suerte se logra la mayoría de las veces, es muy importante, sobre todo cuando el director es parte de la creación de ese trabajo o el corazón de la historia también pasa por su identidad. Uno se convierte también en parte autoral desde el lenguaje actoral. No me parece menor tampoco poder establecer relaciones de respeto con todo el grupo de trabajo.
- Con “Menem” te pasó que, mientras estabas caracterizado, aunque ya no estuviera la cámara encendida, todavía componías el personaje, como sucede con los clowns, que cuando llevan la nariz puesta siguen siendo su alter ego, ¿eso es algo habitual en tus trabajos?
Ese fue un trabajo bastante particular. Tenía que tocar de pronto un instrumento que no conocía, era como si necesitara ocho manos en lugar de dos. Como me resultaba tan complejo acceder a cierto nivel de la imaginación, después de dar muchos pasos y alcanzar una concentración alta, me costaba dejar ese lugar. Hasta que no terminaba el día de rodaje, yo no volvía a casa, a mí. Trataba de descansar en el medio, pero no irme del todo de ese lugar a donde quería ir. Un día de rodaje es como un partido que dura diez horas. Para construir dentro de mí lo que necesitaba, para sentirme libre con esa otra persona que construí en la gestualidad, la manera de caminar y de hablar, hay todo el tiempo un trabajo arduo. Para mí fue fascinante, lo tomé como una experimentación. Estaba buscando algo, persiguiendo algo, investigando algo. Eso es algo que me atrae mucho hacer, me calienta ser un tipo que va a la aventura.
- Con otros personajes, por lo que decías, no sucede lo mismo…
No. Igual, a mí no me parece que sea algo que no les venga bien a todos los personajes. Si tuviese la energía y la capacidad, y supiese cómo, quizás lo haría siempre. Pasa que en este caso en particular eran bastante concretas las cosas que yo tenía que buscar, era más fácil saber que era difícil. Otras veces uno se cree que es más fácil de lo que es, y quizás no laburás tanto como podrías. No avanzás o no completaste o no te fuiste a otros niveles porque simplemente creías que no lo necesitabas. Y es posible que a veces no lo necesites y solo con tocar un sonido baste. A veces, sobra y molesta que hagas más cosas. Es bueno saber qué lugar uno ocupa en cada trabajo, tener cierta maniobrabilidad y versatilidad para adaptarse. Uno no puede ocupar siempre el mismo lugar en todas partes.
- ¿Tener una máscara ayuda al desdoblamiento? En Menem, eso marcaba claramente cuándo estaba el personaje y cuándo no. En la obra, el personaje físicamente es muy parecido a vos…
Sí, tener una máscara cambia, porque me veía al espejo y realmente había otra persona. Eso te invita a irte a otros lugares, como si te poseyera. También creo que la máscara muchas veces no está solamente en la cara, sino en el tipo de lenguaje. En la obra me sorprendió que yo sentía que se me veía mucho a mí, pero todo el mundo me dijo “No tiene nada que ver con vos”. Yo no hago ningún esfuerzo en ese sentido, de composición, pero evidentemente hay algo de la manera de expresarse, del texto y de eso que ya inevitablemente te lleva a otro lugar. Lo de las máscaras me interesa, hay una cuestión en el mundo oriental de trabajo con ellas, como si esa máscara te habitara. Me pasó con lo de Menem: necesité el trabajo siguiente, que fue personificar a José de Zer, para terminar de sacármelo.
- ¿Cómo opera el público en todo esto?
Es donde se completa todo. En teatro, particularmente, arriba del escenario hay mucha carga expresiva, eléctrica, que se comparte con el público. Hay algo muy fuerte que ocurre en algún tipo de nivel, una relación que se establece. Realmente estamos todos un poco desnudos ahí, un poco con miedo, un poco con deseo, un poco con ganas de que se cuenten algo que nos lleve de viaje y, al mismo tiempo, con ganas de que no nos toque ni perturbe demasiado. Me pongo muy nervioso antes de salir a escena, con el corazón a mil, con ganas de entregar algo que esté fuera de la especulación, fuera de la comodidad, compartir un riesgo con la gente. Alguien me dijo que el público seguramente también tiene miedo. Hay algo ahí. No sabés bien qué va a pasar. Esta relación casi de filo y de cierto peligro, en sí misma, es un acto de rebeldía.

TEATRO, CINE, SERIES AQUÍ Y ALLÁ
Convocante y convocado, Leo está a la espera de algunas confirmaciones (segunda temporada porteña de Los días perfectos, rodaje de la segunda temporada de Menem) y con diversos estrenos: el 20 de marzo en España y algunos festivales será el turno de Amarga Navidad, película dirigida por Pedro Almodóvar (“Le gusta el lenguaje teatral, y ensayamos casi como para una obra, llegamos al set sabiendo bien lo que cada uno debía hacer”); sin fecha confirmada, pero ya filmada la segunda temporada de Las azules (“Mi rol es algo más corto, quería continuar porque es una serie muy linda, con gente amiga, casi familia, pero estaba complicado de fechas para filmar”); y en octubre se podrá ver su primera película filmada en Francia, Karma, donde comparte elenco con Marion Cotillard, dirigida por Guillaume Canet (“Ella es de las mejores actrices del mundo, y con él establecí una relación muy buena. Fue una experiencia diferente, como tocar el cielo con las manos”).
