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AGUSTÍN BARLETTI: EL FLUIR DE UNA VIDA

Un volantazo le cambió la vida. De una rutina sedentaria y poco saludable, pasó a nadar en aguas abiertas y sumergirse en retos exigentes.
Un volantazo le cambió la vida. De una rutina sedentaria y poco saludable, pasó a nadar en aguas abiertas y sumergirse en retos exigentes.

El medio líquido, el primero que habitamos, el que nos libera de fricciones y nos permite acercarnos lo más posible a la sensación de volar, siempre estuvo ahí, esperándolo. De chico, en la pileta de su casa; de adolescente, en el mar. La vida adulta lo alejó durante un tiempo, pero fue el llamado del mar el que lo condujo nuevamente a zonas placenteras, de disfrute pleno.

Agustín Barletti cruzó a nado el estrecho de Gibraltar, desde España hacia Marruecos; unió las islas Malvinas, nadando a través del estrecho de San Carlos; y este año partió de Río Grande del Sur, Brasil, para conectar aquel país con Uruguay (Bella Unión, Artigas) y Argentina (Puerto Belinda, Monte Caseros, Corrientes). Hace solo quince años, a sus cincuenta, veía con estupor los resultados negativos que cada estudio médico le devolvía, con el sobrepeso como factor agravante.

Con la preocupación a cuestas, una tarde de verano encontró el camino a través del cual recompondría su estado físico y, como consecuencia, su salud: “En la playa, vi a un grupo de jóvenes que se preparaban para una carrera. Había kayaks y boyas dispuestas. Mi mujer intuyó mi deseo y me insistió para que me sumara. Fui, pensando en que saldría último, pero de repente me encontré con que lo hacía bien y terminé sexto o séptimo. Me gustó, fue el clic que necesitaba”, recuerda.

Aunque podría haber tomado la decisión de anotarse a un par de clases semanales, Agustín prefirió ir de 0 a 100: se propuso hacer el cruce de Gibraltar y entrenarse como un atleta de elite hasta conseguirlo. No fue la primera vez en su vida que apuntó así de alto, sino que a esta altura podría decirse que es su manera de afrontar los desafíos importantes. Al terminar el secundario, su padre le ofreció solventar sus estudios universitarios para que pudiera dedicarse solamente a ellos, sin trabajar. Para honrar ese privilegio, Agustín se encerró y, durante dos años, rindió libre una materia por mes, hasta convertirse en abogado en tiempo récord. Unos años después, aplicó para hacer un doctorado en distintas universidades del mundo y fue aceptado en La Sorbona. La buena noticia contrastaba con el hecho de que no sabía hablar francés, así que nuevamente se sometió a un aprendizaje intensivo, entre la Alianza Francesa y una profesora particular: en solo nueve meses rindió los exámenes equivalentes a cinco años.

Con el objetivo en mente, entonces, buscó a Pablo Testa, a quien considera el mejor entrenador de natación en aguas abiertas de la Argentina, y le pidió que le armara un plan personalizado. Testa desconfió, pero no del todo, y le exigió una batería de estudios médicos –para saber dónde estaban parados con certeza– y compromiso absoluto con cada entrenamiento. La persistencia de Agustín terminó por convencerlo, al punto de que, una vez concretado el primer gran logro, ante la sensación de vacío de su pupilo por dejar atrás la meta que le organizaba la vida, Testa le dijo “Ahora, Malvinas”. En poco más de un año y medio, aquel cincuentón mórbido culminó su transformación en un deportista al que se le podía exigir más.

Junto a Anila Rindlisbacher, nadadora que lucha contra una enfermedad autoinmune, realizó la que hasta ahora es su última hazaña, en la triple frontera brasileña-uruguaya-argentina. Una vez más, en cuanto terminó, Testa se acercó a Agustín para encauzarlo detrás de un nuevo desafío inmediato (la Vuelta de Obligado) y otro más ambicioso: el cruce del Río de la Plata. “Siento que no estoy para eso, que creo que es uno de los cruces de nado más difíciles del mundo. Pero si Pablo lo dice, confío. En diciembre de 2026 puedo ser el nadador de mayor edad en conseguirlo”, se anima.

Así es hoy la vida de Agustín, con la natación ya incorporada sin importar lo que suceda. Cada mañana, antes de cualquier otra obligación o tarea, nada durante dos horas. En el agua, se conecta verdaderamente con su esencia. El mundo no existe, solo está él con su cuerpo, con su respiración, con sus movimientos. Sin fricciones, contenido. Como desde la gestación.

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