¿Qué hacer con los chicos en vacaciones?
Puntual como pocas, la pregunta surge apenas se interrumpe la actividad escolar.
Padres y madres se miran entre sí, entre sorprendidos e intimidados.
La pregunta esconde una súplica para resolver este largo período sin obligaciones (vacación, vacatio, vacío).
Es entonces cuando todos descubren el valor ordenador de la escuela. Sus normas, acuerdos y límites instalan hábitos en horarios, indumentaria, socialización, recreos y hasta en momentos para alimentarse.
Las vacaciones carecen de la maravillosa posibilidad de tercerizar la organización de actividades para los chicos, que amanecen a horas insólitas, “picotean” alimento, abusan de la tecnología y desprecian los recreos al clamar a viva voz que “están aburridos”.
La pregunta ahora cambia: ¿qué hacer con los chicos cuando no van a la escuela?
Las familias con niños pequeños resuelven mejor el desafío, ya que durante los primeros años de vida las rutinas no cambian. Los bebés comen con idéntica regularidad, juegan con objetos simples y duermen a horas predecibles (todo, con sus grandes variaciones individuales).
Incluso muestran benevolencia con sus padres. Se conforman con vacacionar en un patio, un balcón amplio o una plaza cercana. La mayoría prefiere “quedarse en casa”, ya que –está comprobado– los traslados los confunden y hasta pueden enfermar.
La tensión vacacional aparece con niños mayores o adolescentes, en especial si han cruzado la fatídica frontera que representa tener teléfono propio.
Sin escuela sonríen poco, protestan mucho y su día es incomprensiblemente largo. Las salidas programadas nunca satisfacen sus expectativas. Son profesionales de la ingratitud que agotan la paciencia y el bolsillo de los adultos.
Ante las primeras confrontaciones, la pregunta es otra: ¿cómo convivir con estos “aburridos”?
“La tensión vacacional aparece con niños mayores o adolescentes”.
Cada núcleo familiar podría intentar algún tipo de orden cotidiano para sus hijos, tan cercanos en el afecto y tan alejados durante este tiempo “vacío”.
Porque, hay que saberlo, su “felicidad” está en juego.
Literales por naturaleza, los chicos han escuchado repetidamente a sus mayores desear que sean felices, lo que los lleva a confundir “felicidad” con “estar entretenidos”. Allí nace parte de su inconformismo, su demanda constante y algunas frustraciones.
Aparece entonces la enorme, fundamental y básica pregunta: ¿qué hacer con los chicos? (en general).
Algunas, pero no únicas respuestas podrían aparecer si los padres intentan enseñar a los hijos que, con o sin vacaciones, la mayoría de los días suelen ser parecidos y que el entretenimiento es esporádico.
Que la felicidad es un hallazgo ocasional, para luego volver a ser búsqueda.
Que con hábitos previos es posible transitar mejor las vacaciones, un período de insospechada convivencia forzosa entre quienes comparten durante el resto del año menos tiempo del que imaginan.
Una oportunidad para “vaciarse” de lo que cansa, perturba o enferma.
Con alguna suerte es posible que los chicos comprendan que la armonía familiar es tarea de todos (al menos, a partir de los 7 u 8 años). Para que las vacaciones no sean una cuenta regresiva anhelando que el colegio vuelva a ordenarles la vida.
