Febrero es un mes raro. No inaugura nada, pero tampoco clausura del todo. Es el mes del regreso: volver a casa, volver al trabajo, volver a hablar en serio, volver a ponerse los zapatos cerrados. Y, como casi todo en la vida cotidiana, ese movimiento también está lleno de palabras.
“Volver” viene del latín volvere, ‘hacer rodar, dar vuelta’, como registra el Diccionario de la lengua española (DLE). No implica necesariamente regresar al mismo punto. De ahí que volver no sea un simple retroceso: cuando volvemos, ya estamos un poco distintos.
Por eso no decimos lo mismo cuando empezamos que cuando retomamos. “Empezar” –del latín initiare– marca un inicio puro, una entrada, un primer paso. “Retomar”, en cambio, supone que algo ya estaba en marcha y fue interrumpido. No se arranca desde cero: se toma de nuevo algo que quedó a medio hacer. En febrero casi nadie empieza; la mayoría retoma.
Algo parecido ocurre con “reanudar”. La palabra viene de ad nodum, “volver a hacer el nudo”. No es una metáfora casual: “reanudar” es ‘volver a atar lo que se había soltado’. La lengua imagina los vínculos, las rutinas y los proyectos como hilos que pueden aflojarse, pero no desaparecer del todo. Incluso cuando parece que todo se desarmó, algo sigue unido por debajo.
También está el verbo “regresar”, del latín regredi, ‘caminar hacia atrás’. Es una palabra más solemne, más distante, menos cotidiana. Tal vez por eso en la vida diaria preferimos “volver”, que suena más doméstico, menos épico: no regresamos como héroes, volvemos como personas. Esa preferencia tampoco es casual. En español, “volver” admite una convivencia con lo previo: permite regresar sin negar lo vivido. No borra el trayecto, lo incorpora.
“Febrero no es un mes de origen ni de cierre, sino de tránsito”.
Además, el prefijo re- (del latín re-, ‘de nuevo’) funciona en español como una máquina del retorno: rehacer, releer, recomponer, reescribir. No siempre implica “volver atrás”, sino volver sobre algo para ajustarlo. Por eso cuando decimos “reorganizarme” o “reacomodar horarios”, no negamos lo vivido: lo ponemos en orden. Así, la lengua nos presta una gramática para esa tarea exigente que febrero impone: acomodar lo que quedó desparramado.
No es inocente que este mes esté lleno de frases como “cuando volvamos”, “ya retomamos”, “la semana que viene arrancamos”. El idioma se acomoda al calendario emocional: no promete grandes comienzos, sino regresos posibles. Pequeños. Imperfectos. Suficientes.
La lingüística cognitiva ha mostrado que pensamos el tiempo como un camino: avanzamos, retrocedemos, nos desviamos, dicen Lakoff y Johnson, en Metaphors We Live By. Volver no contradice el avance: lo matiza. Nadie vuelve al mismo lugar porque nadie es el mismo que se fue.
Febrero, entonces, no es un mes de origen ni de cierre, sino de tránsito. Quizás por eso no necesita palabras grandilocuentes. Le alcanza con verbos modestos y eficaces: volver, retomar, reanudar. Verbos que no exigen épica, pero permiten seguir. Y seguir, al fin y al cabo, también es una forma de empezar.
